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martes, 28 de marzo de 2017

una y otra vez, los psicólogos están de acuerdo, su falta de empatía y de remordimiento, su falicidad de palabra, su narcisismo,, la mentira patólica, la manipulación, la superficialidad de sus afectos. todo es uniforme y lo peor que la prisión no los rehabilita. encontremos juntos al psicópata que le hizo tanto daño a mi familia en Gotemburgo.

«Yo estaba nervioso y sabía que en seguida la iba a estrangular. Tenía una ligera erección, mi miembro estaba un poco duro. Me había bajado el pantalón hasta las rodillas. Ella tenía un condón y me lo puso sobre mi miembro. Me arrodillé sobre ella como siempre. Estaba sentado bastante cerca de su cuello. Ella metió mi miembro en su boca, entonces no podía mover mucho la cabeza porque se lo impedía mi pantalón, que estaba bajado. Entonces revolví con mis manos su pelo rubio. Le dije que tenía un pelo bonito y suave. Ella no respondió nada, parecía que no había entendido nada. Entonces saqué mi miembro de su boca, puse mis manos sobre su cuello y apreté fuerte».

Seis meses después de hacer esta confesión, en julio de 2007, Volker Eckert se suicidó. El camionero alemán que relató el asesinato de seis mujeres, el primero cometido a los quince años, ha sido uno de los casos estudiados en el curso «Psicópatas: Cómo son, Acción Policial y Respuesta Jurídica», organizado por el Instituto de Ciencias Forenses y Seguridad (ICFS) y celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid.


«Los psicópatas se recrean tanto en los detalles que no los olvidan nunca», reconoce Carlos Segarra, subinspector de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta de la Comisaría General de la Policía Judicial. Pero, ¿era un psicópata? Una respuesta afirmativa parece encajar con el imaginario colectivo: a todas las mujeres las mató de igual forma, guardaba trofeos, disfrutaba con la violencia, se recreaba en los detalles. Pero la pregunta se plantea porque Eckert, una vez detenido, confesó con todo lujo de detalles y poco después se suicidó, pero los psicópatas no se arrepienten de sus actos. Uno de sus rasgos definitorios es que no tienen remordimientos.

No siempre es fácil identificar un psicópata. Ni siquiera tener rasgos psicopáticos implica acabar delinquiendo. De hecho, se calcula que entre el 1,4 y el 3,4 por ciento de la población tiene estos rasgos en diferente grado, pero entre la población carcelaria solo suponen un 16-24 por ciento de los reclusos. Según los cálculos de los expertos, tres cuartas partes de los psicópatas viven en la sociedad.

«Son gente con cara normal», resume Manuel de Juan Espinosa, catedrático de Psicología de la UAM y director del ICFS. Entre los psicópatas primarios, según la definición clásica, sus rasgos se basan en la falta de empatía y remordimientos, pero también la facilidad de palabra, el narcisismo, la mentira patológica, la manipulación, los afectos superficiales o la incapacidad para aceptar la responsabilidad de sus actos. Eso sí, «son las personas que querrían tener al lado en una situación de peligro: son capaces de tomar decisiones cuando ustedes están helados de miedo», explica. En los psicópatas secundarios los rasgos cambian. Necesitan estímulos fuertes, se aburren con facilidad, son más impulsivos, irresponsables y tienen un pobre autocontrol, entre otros rasgos.

La prisión no los rehabilita. Al tercer año de libertad, entre el 70-80 por ciento de ellos ha reincidido. A los cinco años, el 90 por ciento. Hay incluso estudios que aseguran que los psicópatas primarios que son tratados psicológicamente reinciden más que los que no.

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